Augusto Roa Bastos: Contravida (cap. VI)
por Christine Müller

Sexta parte (páginas 140 - 154; ed. Alfaguara)

La sexta parte se puede dividir en dos niveles temporales: el recuerdo y el presente.

Los primeros cinco capítulos hablan de la vida en Iturbe que también llevaba el nombre de Manorá y de los problemas que la gente tiene con las inundaciones.

En el primer capítulo se dice que sólo el cementerio queda fuera de las aguas porque está en una loma alta. Pienso que esto ya enseña el valor de la vida de los hombres allí: Es un poco paradójico porque los muertos en el cementerio están salvados del agua mientras la gente tiene que morir en las aguas. Además todo el pueblo está inundado cuando llueve.

Las aguas arrastran animales muertos y las cabañas de la gente. Un día, cuando el pueblo está inundado otra vez, el padre del yo-hablante mata una onza que queda agarrada al portón. La onza queda muerta en el portón. Por lo tanto el portón se queja al protagonista que su padre tenga que sacarle de encima el onza.

El próximo capítulo habla de la comparación entre muerte y vida, porque toda la gente en el pueblo posee canoas en sus casas que tienen tres funciones: La primera función es sobrevivir a las inundaciones; la segunda usarlas como camas o alacenas. Pero las canoas sirven también de cajas mortuorias para los ahogados.

El protagonista nos cuenta los sueños de su infancia que están en relación con una fantasía heróica de un viaje en canoa: Sueña navegar río arriba hasta el lago Ypo'a que es la naciente del río de Manorá y en el cual vive un monstruo, mitad pez, mitad león.

Se dice que ese animal trae las inundaciones y el protagonista sueña con vencer ese monstruo y por lo tanto la lluvia. Entonces se propone vencer el enemígo de Iturbe: la lluvia y las inundaciones.

Pienso que eso enseña el gran deseo que tiene el niño de acabar con las inundaciones.

En el tercer capítulo habla de lo que hacía su familia cuando el agua les llegaba hasta la cintura. El niño tenía que recoger los gallos, pollos y gallinas que se habían salvado en unos palos. Las gallinas le daban alegría al protagonista porque él parece sentir una alegría infantil al describirlas.

Los dos próximos capítulos muestran que la muerte siempre está omnipresente en el pueblo.

Toda la gente desea vivir en tierra firme. Este deseo es tan grande que se mantiene hasta la muerte, porque los muertos siempre tienen tierra en sus puños.

El protagonista se ha criado con la muerte, porque cada inundación está asociada con la muerte de la gente, con las cajas mortuorias, las canoas, que forman parte de la vida en el pueblo. Así el niño ha perdido muy temprano el miedo de la muerte. De vez en cuando gana un poco de dinero con los muertos, pescando los cadáveres de los troperos de ganado que se han caído borrachos de la balsa.

Cuando lo nota el padre le castiga con correazos porque no quiere que su niño gane dinero con la muerte. El niño intenta evitar los castigos con flores para su madre. Esto podría ser una imagen para el intento del protagonista por eliminar la violencia y la agresión.

Creo también que el yo-hablante (=el narrador) siempre intenta huir del embrutecimiento que le inflige su medio ambiente; no quiere ser violento como la gente con la que vive.

Los niños en el pueblo forman grupos enemistados unos con los otros. Uno de ellos, los mellizos Goiburú, por poco ahogan al protagonista. Y estos niños serán asesinos más tarde. Por lo tanto la infancia del protagonista no sólo está marcado por la muerte y la miseria sino también con la violencia y la agresión.

El capítulo sexto habla de los nombres de las chicas y mujeres en el pueblo que son nombres de plantas acuáticas. Se llaman "Ninfa" o "Nenúfar", lo que enfada mucho al cura Ortega que dice que es un pecado llamar las recién nacidas con nombres de plantas acuáticas. El yo-hablante tenía una prometida que se llamaba Nenúfar y que se ahogó tal como el cura había profetizado.

Más tarde la gente les da a sus niños nombres de Santos, pero al yo-hablante y a la gente que se llama así no les gustan esos nombres antiguos y duros.

Creo que odiar su propio nombre es un indicio de que el protagonista no acepta su propia personalidad y que se niega a sí mismo.

A él le gusta más el nombre "Juan Evangelista" , porque el libro del Apocalipsis le entusiasma mucho. Parece pensar que es un pronóstico para el futuro.

Cuando se lee eso uno siente la desesperación del yo-hablante, porque parece creer en el inminente hundimiento del mundo. Eso se ve también en el capítulo octavo: Su gran deseo es escribir "la historia más hermosa del mundo", que trata del hombre último. Una historia "que nadie podría leer ni contar".

Esto podría ser una imagen de que quiere estar solo en el mundo, deseando eliminar a todos los otros.

Quizás representa una salida para su situación desesperada.

Cuando lo cuenta a su madre, ella dice que toda la gente sueña con esa historia última que nadie podrá leer.

En los próximos capítulos el lector se entera de que el protagonista estuvo en la cárcel cuando tenía 30 años. No sé sabe porqué, sólo se dice que está en una celda para reclusos de máxima peligrosidad. Allí escribe un cuento que se llama "La Caspa".

El cuento trata del último sobreviviente, un hombre desnudo, ciego, calvo. Antes le acompañó una joven extraña y hermosa, pero sólo sus huesos están roídos por fieras.

El yo-hablante está convencido de que el hombre la ha comido por la obsesión del celo.

Pienso que esa imagen del hombre se funda en el prejuicio del protagonista que hemos visto en la tercera parte, capítulo séptimo: Allí dice que los hombres son "todos caínes y sultanes". Parece que el protagonista odia a todos los hombres (¿a sí mismo también?)

El hombre en el cuento tiene la cabellera rubia de la mujer que lleva alrededor del brazo y la huele de vez en cuando, porque está desesperado dentro de su soledad.

Intenta despegar una costrita de la base del cráneo. Tiene la locura que esta costrita contiene "el lenguaje, el tiempo, el sexo" y la realidad. El hombre parece sentirse reducido a una constrita. Cuando se la extirpa, se le desliza de las manos y el hombre se desmorona.

El protagonista inventa una escritura críptica para que los guardianes de la cárcel no puedan leerla. Le permiten escribir, pero sólo bajo la condición de que él les lea en voz alta lo que ha escrito todos los días. Así sólo lee los pasajes pornográficos más groseros que a los guardianes les gustan mucho.

Creo que por eso el prejuicio del protagonista se confirma cada vez más, porque los guardianes son caracterizados como hombres de bajos valores morales.

El fin de la historia es una revelación, un secreto que el escritor ha olvidado y que no puede comunicar a nadie, porque no lo sabe.

La estructura de la novela es muy rara porque tiene "ni nombres, ni pronombres, ni verbos, ni adjetivos, ni preposiciones, ni conjunciones ..."(Cap.XIII). Quizás eso señala los pensamientos y sentimientos del subconsciente.

En el capítulo trece el protagonista dice de pronto que el tren de 1850 era una ilusión. Así podría ser que toda la historia del protagonista con su huida y su viaje en tren está inventada, ya que sigue estando en la cárcel y nunca ha podido huir. Pero también podría ser que los tres hombres que estaban en el tren le hayan cogido.

Quiere olvidar el tren, parece que simbólicamente estrella (¿destruye?) su propia historia.

No puede cambiar su vida y las cosas que le han pasado, porque dice al fin de capítulo trece:

"Por muchas vueltas que se les dé a las palabras, siempre se escribe la misma historia".

Y también habla simbólicamente de su viaje en tren:" Por mucho que dure, la huida no puede ser interminable" (Cap.XIV). Eso tiene un sentido figurado de que su vida y su dolor tienen que terminar alguna vez. También el protagonista parece llegar a la convicción de que está sumergido en su infancia perdida y que no puede deshacerse de su pasado. Desde entonces su nacimiento, su vida han estado marcados por la negación, la violencia, la agresión y la muerte. No ha podido escaparse a su destino.

Por eso creo que se puede comparar la vida del yo-hablante con el protagonista en La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, porque aquel protagonista tampoco no puede huir de su destino.

Christine Müller